Buscando la penetración psíquica a través de la física

Hoy en día, la edad media a la que los adolescentes tienen su primera relación sexual coital suele rondar en torno a los 16 años de edad. En zonas rurales, incluso, esta cifra suele ser menor. Sin embargo, esto no es lo que más debería de preocuparnos como sociedad; más bien, deberíamos de fijar nuestra atención en cómo la manera en la que se desarrolla la interacción sexual, teniendo en cuenta las motivaciones que llevan a que la misma tenga lugar, manifiesta un vacío de vinculación.

Para el psicólogo evolutivo canadiense Dr. Gordon Neufeld, la sexualidad tiene como objetivo la búsqueda y preservación de la proximidad, lo cual es la esencia del vínculo, entendiendo este como la relación entre dos individuos. Como resultado, nuestro entendimiento de la sexualidad está en correlación con nuestro entendimiento de las dinámicas del vínculo.

Lamentablemente, el conocimiento acerca de las maneras en las que nos vinculamos y cómo estas influyen en nuestro desarrollo, suele ser escaso y superficial. La siguiente imagen trata de ilustrar de manera resumida el desarrollo de los distintos niveles de vinculación y sus subsecuentes resultados.

Ahora bien, durante la infancia, este vínculo no está sexualizado puesto que es un vínculo jerárquico entre un niño y su figura de cuidado primaria. Es a partir de la pubertad y en el contexto de una relación entre pares, que el vínculo puede sexualizarse – o por lo menos, es así como idealmente debería de darse la sexualización de las relaciones.

Si partimos de la premisa, también propuesta por el psicólogo mencionado, de que la interacción sexual está diseñada para fomentar el establecimiento de parejas estables, aunque a lo mejor los individuos no estén preparados para criar descendencia, no resultan lógicas las prácticas de ciertos juegos sexuales actuales. Un buen ejemplo para esta incongruencia sería la práctica comúnmente conocida como “Ruleta Sexual”, la cual consiste en que los participantes varones se sienten uno junto a otro formando un círculo para que las participantes femeninas vayan sentándose encima de cada uno dejándose penetrar. Durante un tiempo prestablecido deben practicar sexo en esta postura hasta que se acabe el turno, momento en el cual las chicas cambian de pareja para volver a repetir la dinámica. Pierde el varón que eyacule primero. Claramente, este juego no está en sintonía con el diseño original de la interacción sexual establecido por la naturaleza, por lo que no nos queda más que inferir que las motivaciones subyacentes del mismo son de un carácter más psicológico que biológico.

Sin duda alguna, dicha motivación psicológica está asociada a una falta de un desarrollo de vínculos profundos con adultos responsables por parte de nuestros jóvenes, lo que conlleva una falta de transmisión de cultura y de valores. Mencionada ausencia resulta en una generación de adolescentes muy orientada a pares que, además de buscar la información acerca de la sexualidad en fuentes no confiables, pretenden saciar sus necesidades de relaciones afectivas a través del sexo – sin ser conscientes de que el sexo solamente puede llenar nuestro vacío emocional tanto como esté desarrollada nuestra capacidad de vincularnos a la persona con la que estamos interactuando sexualmente.

Es por ello que, en una sociedad como la nuestra, el sexo se vive como algo desligado de la relación humana, dándole un carácter casual y, hasta cierto punto, haciéndole perder su significado de intimidad y cercanía emocional con una persona especial. Esto se manifiesta, entre otros, a través del hecho de que muchos jóvenes exponen su vulnerabilidad durante un acto sexual efímero sin siquiera antes haberse desnudado emocionalmente ante su pareja.

Tal revelación psíquica conllevaría una profundidad de vínculo suficiente como para que el acto sexual sacie. No obstante, del dicho al hecho hay un gran trecho, y no podemos esperar de una generación desvinculada de los adultos y ancianos un vínculo con sus pares desarrollado y sano. Teniendo todo ello en cuenta, el concepto de “sexo seguro” no se debería de reducir a evitar embarazos no deseados y la transmisión de enfermedades sexuales, sino que debería de englobar la presencia de una madurez cognitiva y emocional en nuestros adolescentes al momento de iniciar su vida sexual (coital).

Esto es un trabajo en equipo, ya que la educación sexual forma parte tanto del ámbito familiar como del escolar en los que nuestros adolescentes se desenvuelven.

Por último, vale la pena reflexionar acerca de dos citas escritas por Neufeld:

“Sólo la madurez permite al adolescente tomar en consideración todo lo que necesita en la sexualidad.”

&

“Sólo la madurez lo puede llevar a experimentar la cercanía sin perder la sensación de ser un individuo separado.”

Referencias:

  1. Neufeld, G. (2011) Adolescents and Sexuality. Neufeld Institute Online Course.

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