“I Can’t Love You… but I Can’t Lie to You Either”

Acerca de los robot sexuales, el futuro de las relaciones amorosas y la objetivización de las mujeres

Por Alexis E. Reyna Flores

En general, cuando hablamos de Robots nos imaginamos a figuras como Terminator, R2-D2 o Transformers: representaciones tecnológicas muy avanzadas que sólo se encuentran en un futuro lejano. No obstante, sólo basta con ser observador para discernir los primeros acercamientos de los robots a nuestra vida diaria: y lo están haciendo de forma exponencial. Los robots vienen en todas las formas y tamaños que podamos imaginar y necesitar, con la principal intención de satisfacer las diversas áreas humanas: desde robots que automaticen y eficienticen el área industrial, hasta otros que simulen ser nuestras mascotas para acompañarnos en casa. Su uso y presencia sólo aumentará conforme la tecnología se vuelva más accesible y compleja, porque principalmente creamos robots para que realicen las tareas que necesitamos y nosotros no queremos hacer. Si bien, explorar todas las distintas áreas en que los robots tendrán presencia es de suma importancia, hay un tipo de robot en particular que será el centro de este pequeño ensayo: el robot sexual o “Sex Robot”.

¿Juguetes lujosos o algo más?

La idea de un robot sexual parecería ser algo bastante reciente; pero, como expone David Levy (2007), desde que se empezó a experimentar con robots que caminaran en 1980, ya se estaba contemplando la idea de otorgarle movilidad a una muñeca sexual. En este sentido, el concepto de robot sexual podría concebirse como una mejora sustancial a dicha muñeca. En la actualidad, una de las compañías más avanzadas en este rubro es RealDoll, con su costosa y lujosa “Harmony” con un precio inicial de $7,999 US sólo por la cabeza, y hasta $11,999 si la quieres con cuerpo. Lo interesante es que “Harmony” es una robot sexual 100% hecha a la medida, basada en un sistema modular y de fácil acceso para el usuario para su reparación. Esto significa que al momento de meterte a su portal, te pide que configures desde el color de ojos, el tipo de cuerpo, pechos, vagina y, si lo deseas, hasta un pene. Todo con el propósito de hacerla a la medida. A su vez, al momento de adquirirla, con el uso de una app, puedes configurar el tipo de “personalidad” que Harmony adopta a través de su inteligencia artificial. Existen 10 modalidades, que van desde sexy, graciosa o inteligente, hasta berrinchuda y celosa. Conforme el usuario platica con Harmony, ésta va aprendiendo a través del uso de inteligencia artificial y logra, medianamente, mantener una conversación. Y es aquí donde radica parte de su “encanto”. El robot logra satisfacer las necesidades sociales y sexuales del usuario de la mejor manera posible al acomodarse al gusto de éste (Morris, 2018). A primera vista, dichos robots sexuales parecen ser una maravilla porque no sólo responden a lo que queramos, sino también de la manera en que deseamos. Muchos defensores de esta tecnología argumentan que los beneficios de esta personalización radican en que una persona con menor capacidad social puede sentirse acompañado; lo que también sería una herramienta para enfrentar padecimientos que se fortalecen con el aislamiento como la depresión. Incluso, argumentan, que podríamos llegar a un punto en el futuro mediano en que sería normal casarse con su robot sexual.

“De mejor a nada, a mejor que cualquier cosa”

Todo esto parece, a primera vista, bastante bueno… ¿no? Si alguien quiere y puede, ¿por qué no habría de darse un gusto como éste? Al fin y al cabo, es sólo otro juguete sexual. Pero es en este punto que si nos detenemos a observar con detenimiento esta gran luz, también encontramos una enorme sombra detrás. Para verla con mayor detalle basta con remitirse al gran ejemplo que es la película de “Her”. Para quienes no la hayan visto, sólo les contaré la premisa de la película que es lo que nos interesa. En ésta, el personaje principal enfrenta una vida melancólica después de divorciarse de quien era el amor de su vida. Consecuencia, en pocas palabras, de no haber logrado tomar responsabilidad dentro del matrimonio y dejar que ella cargara con todo. Su vida es bastante deprimente hasta que adquiere una inteligencia artificial que se hace llamar a sí misma como Samantha. A partir de eso, Theodore, el personaje principal, se enamora de ésta para después establecer una relación. Sin contar más detalles de la película, que vale completamente la pena que la veas, hay una escena en particular que nos interesa. La relación con Samantha llega a un punto en que empodera a Theodore a retomar un significado hacia su vida, hasta el punto en que él decide firmar los papeles de divorcio, que había estado evitando desde hace ya un buen tiempo. Al momento de hacerlo, se vuelve a encontrar con Catherine, la ex-exposa, y ésta le pregunta si ya encontró a alguien. A lo que Theo contesta con mucha emoción que está saliendo con una inteligencia artificial. Catherine, al escuchar esto, se molesta bastante y contesta que al no tener la capacidad de manejar una relación real, tiene que recurrir a una virtual. Esto es de suma importancia porque logra demostrar la enorme problemática que se encuentra detrás del uso de estos ¿artefactos?. Al estar completamente hechos a la medida, la interacción está en su totalidad determinada por el deseo propio de la persona. Lo que limita entonces la capacidad de la persona de lidiar con las dificultades y defectos que otros individuos tienen en la realidad. En un principio, el robot se vuelve mejor a estar solo, pero el problema es cuando el robot se convierte en mejor que cualquier otra persona. Porque éste, al ser perfecto, no le exige al usuario el desarrollo de empatía y otras habilidades sociales necesarias para establecer una relación amorosa (por no decir una simple amistad) (Turkle, 2012).

Cerramos los ojos, y permitimos que una máquina sea nuestra compañía

“No es el robot, eres tú”

No obstante, y esto es algo importante de remarcar, el robot sexual no es el causante del problema. El problema ya se encuentra desde antes, y el uso del robot sólo lo acentúa. ¿A qué me refiero con esto? Basta con sólo observar las opciones de personalización de la Harmony: todas sus opciones responden a diferentes estándares estéticos para los hombres. Es más, desde el momento en que uno abre el portal de RealDoll, el 95% de los productos son muñecas sexuales femeninas. Con sólo dos opciones para las mujeres: un vibrador súper realista y un muñeco sexual estándar. Como expone Kathleen Richardson, una doctora de la Montfort University, el tipo de uso que le estamos dando a los robots sexuales sólo perpetúan la objetivación de la mujer y pueden ser mucho más perjudiciales de lo que pensamos (Morris 2018). El robot sexual cumple con la fantasía de pareja perfecta para un hombre machista: satisface con sus necesidades, principalmente la sexual y de escucha, sin pedir nada a cambio. Y no sólo eso, existen una serie de problemáticas con estos robots que resultan bastante aterradoras. ¿Qué pasa si el ex novio de una chica se manda a hacer una robot sexual idéntica a su ex pareja? ¿Y si éste usa a la muñeca para agredirla? ¿Será esto un caso de agresión o de catarsis? Como expone Morris (2018), técnicamente no eres tú, pero al mismo tiempo el robot te simboliza a ti. Entonces, ¿cómo se supone que lidiamos con eso? Al final, el robot sexual es una maravilla de la tecnología que, para bien y para mal, logra sacar a la luz las diversas dificultades que no sólo enfrentamos actualmente para relacionarnos, y que probablemente en el futuro sólo se agudicen, sino que también nos permite visualizar la persistencia y alcance de los estereotipos de genero que aún perseveran en nuestra sociedad. Pero aún más importante a todo esto: la pregunta no es sí los robots estarán o no nuestras vidas, esto ya es un hecho. Lo importante es qué haremos como sociedad e individuos para recibirlos.

Levy, D. (2007). Love and sex with robots: The evolution of human-robot relationships. New York. Morris, A. (2018). Meet The Activist Fighting Sex Robots. Retrieved from https://www.forbes.com/sites/andreamorris/2018/09/26/meet-the-activist-fighting-sex-robots/#62c3d40c6e79 Morris, A. (2018). Meet The Man Who Test Drives Sex Robots. Retrieved from https://www.forbes.com/sites/andreamorris/2018/09/27/meet-the-man-who-test-drives-sex-robots/#6eb7930e452d Turkle, S. (2012). Alone together (1st ed.). New York: Basic Books, a member of the Perseus Books Group.

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